24 ago 2008

Rozando el Blanco

Escuchando esta canción recuerdo la arena en mi culo embadurnado mientras me follabas. No te veía bien porque el sol me daba de cara. Eras cualquiera, alguien a contraluz. Te veía a ti, imaginaba a otro.

Mientras gemía con los ojos casi cerrados veía aquella gran tortuga muerta en la orilla y pensaba que su espíritu longevo y errante penetraba en tu polla para sembrar mi copa de ancestral sabiduría.

El agua se acercaba poco a poco a mis pies en vaivén.

Tú no te enterabas de nada. El primitivo deseo siempre cerraba tu mente a cualquier otro estímulo que no fuera tu pene duro y ansioso.

Yo me dejaba volar y esperaba que llegara Dios, ese que cubre mi cuerpo de blanco y que me hace acariciar la no mente cuando llego al orgasmo, el vacío absoluto y que pienso fue el origen de la meditación.

Imagino a dos seres en una cueva, al fresco, mitad hombre mitad animal, follando movidos por el instinto. Los imagino pensado al terminar qué puede ser eso que vieron cuando sus cuerpos temblaban, por qué su vista se cegó pero no como ciega la noche ni como ciega la luz del sol. Les cegó un visión de nada. No encontraron otra explicación posible que una fuerza hermana de la diosa naturaleza, la que les daba cobijo, alimento e hijos, era la única capaz de proporcionar la sensación de que todo desaparecía y que a la vez todo se llenaba.

Llegó mi orgasmo y volví a rozar el blanco por unos instantes.

Al otro lado del colchón

La noche que lloré por ti mi saquito de lágrimas reventó del todo. Que suerte tuve. Ya nunca más pude llorar por nadie y es algo que te agradezco.

Siempre duermo en el mismo lado de la cama. El tuyo es un hueco en alquiler sin fianza que ocupan intermitentemente unos y otros sin dejar mucha huella.

A veces, cuando caen rendidos con las facciones relajadas, los observo pero no veo nada. Son como gelatina transparente. Puedo ver a través de ellos la forma de tu cuerpo labrada en el colchón, las arrugas de las sábanas que dejaste, tu olor.

No me pone triste pero me sorprende esa capacidad de permanencia que hace invisible la materia de los que te suplantan y que aún me impide ocupar tu lugar.

No quiero que vuelvas, te negaría la entrada, tenlo por seguro, solo guardo lo aprendido y desecho la basura de tu recuerdo.
Guardo la lección bien aprendida.