2 nov 2009

Amo a Erik Satie

La arena de cristal sube y baja por mis pulmones. A cada golpe de tecla, Satie me recuerda que respirar no es fácil. Ni llorar tampoco. Reír sin embargo está mas ensayado pero la risa no es de fiar. Ries para ocultar la verdad, reprimes, oprimes, encarcelas lo que querrías decir o hacer en vez de reír cordialmente, socialmente, educadamente.
Querría atar tus manos a mi cintura para que dejaran de hablar y así liberar a tus ojos del humo del miedo. Sé quien eres, sé de que color eres, sé a que hueles y también sé que solo quieres tumbarte sobre mi vientre mientras el sonido del mar ocupa tus vacíos.
Arrastrar la mano por tu cabeza, desenredar tus pensamientos con los dedos, llegar al cuello suavemente y posar el calor de mi mano sobre tu nuca. Un calor que se expande y reconforta toda tu espina de ser anfibio, mitad armonía, mitad grito.

Y digo, y escribo, y el vacío se amplifica. Todas mis palabras habladas, escritas, pensadas, se desvanecen como ceniza de muerto lanzada al acantilado.

Corazón de Corcho

Y el momento pasó de largo.
Lo vimos pasar desde fuera,
como en un sueño,
mientras por dentro, el corazón de corcho,
cristalizaba en tiza negra.

Es extraño observase desde fuera, como si no fueras tú, como si te vieras en sueños. Por dentro tienes la sensación de que tu corazón es un trozo de corcho atravesado por chinchetas con notas recordatorias de momentos que no sabes olvidar.
Por fuera sin embargo ves, en un sueño conscientemente, la magnitud del momento que te abraza, la oportunidad de comunión que se presenta y que, lejos de poder dejarte arrastrar, solo tiene la utilidad de servir de nuevo aviso de cuan largo es el camino que te queda para llegar a ser tú de nuevo, a volver a tener el corazón de músculo, sangre y luz, a evaporar los miedos…