31 oct 2009

Parálisis

Detenida,
Suspendida,
Atascada,
Agarrotada
Y tullida.
La emoción como un madero seco.
La piel de plástico impermeable.
Y mientras las palabras que flotan son cálidas,
Por dentro huele a perra muerta.

10 oct 2009

El pastor de palabras


En la noche pastoreaba palabras. Según decía era el mejor momento para que pacieran libres sin miedo a las gomas de borrar.
Usaba un bastón de madera y grafito, las dejaba libres sobre el papel en blanco para que se agruparan a su antojo mientras, una a una, les peinaba los trazos con cuidado.
Luego, sacaba su tabaco, pausadamente se liaba un cigarrillo y se sentaba tranquilo sobre su manta verde a observar como se mezclaban entre ellas: los arrumacos de las que siempre van juntas, mezclándose y formando otras nuevas, los amores que brotaban entre las que aún andaban sin encontrar su sitio, las discusiones entre las que ya sabía que nunca se entendían pero que por mas que intentaba separarlas siempre acababan encontrándose.
Había, como no, las típicas palabras pesadas que no hacen mas que incordiar o escocer y que hay que tachar continuamente. Si, esas que al más mínimo descuido se sacuden la censura y ya están de nuevo a la carga. Para él formaban parte de su rebaño y las quería igualmente a pesar de todo
Eran noches dulces y plácidas en compañía de sus mejores amigas que le devolvían su amor con reflejos de si mismo. Le sorprendían con imágenes llenas de luz, o con oscuras y tenebrosas figuras, o bien con retratos que le eran muy familiares, pero sobre todo le regalan esa preciosa sensación de calida soledad en su exclusivo universo de palabras.

9 oct 2009

La Mujer Tornado

La Mujer Tornado iba envuelta en un blanquecino manto de viento arremolinado por donde quiera que fuera. La espiral nacía de sus pies y ascendía, cubriéndola, hasta el infinito.

La Mujer Tornado siempre iba despeinada, o muy bien peinada hacia arriba, porque su pelo se torneaba con su remolino haciéndolo ascender con una forma cónica y puntiaguda, como un Buddha tailandés. Ciertamente le daba un toque místico.

La Mujer Tornado, allá donde pisaba dejaba su reluciente huella porque con la fuerza de su centro repelía toda la basura que encontraba a su paso. Era incluso perseguida por amas de casa, niñitas pijas y maniacos compulsivos de lo brillantes que quedaban aceras y pasos de cebra.
Lo único que si pisaba en incluso absorbía con su ciclón eran las hojas de los árboles, porque mientras estas ascendían por su espiral ella se sentía mas silvestre.

Os preguntareis, ¿la Mujer Tornado siempre era la Mujer Tornado? Claro que no. La Mujer Tornado tenía su refugio, como todos. No era el salón de su casa, ni la cocina, ni el dormitorio, en los que no había un cuadro que no estuviera fuertemente pegado a la pared. No había cortinas, manteles ni pañitos varios que estarían siempre por el suelo.

Era el desván, arriba del todo, donde nada se oía, donde la madera olía a sapiencia y las telarañas hacían de espejo al sol. Nada mas posar su talón en las tablas del suelo, su tornado se deshacía como un suspiro de alivio, su pelo caía sobre su espalda en una trenza tubular y sus ojos se abrían un poco más, sonrientes y relajados.

Allí, la Mujer, leía, miraba al techo, cantaba canciones y escribía poemas sobre cielos con nubes, lagos calmos y hojas que la hacían sentir bien.

5 oct 2009

de sufrimiento y ubres

Según la Segunda Noble Verdad, la causa del sufrimiento es el deseo y ciertamente yo sufriría menos si no tuviera que llevar sujetador.
"Teta que mano no cubre, no es teta sino ubre" y ya sabemos que hay mucho zoofílico suelto.

Algodón

Un cordón de suave algodón blanco sale de mi pezón izquierdo directamente hacia el tuyo. Tiene una suave capa de pelusa que recuerda a la mantita de la infancia.
Es posible cortarlo, claro que si, de hecho ya ha sufrido varios tijeretazos pero también es posible pegarlo de nuevo fácilmente. Solo se necesita un poco de saliva caliente y dulce, un lametón en cada cabo y ¡voila!, ninguno de los dos recuerda ya donde estaba el roto.

No mas fotos

No mas fotos, por favor. Necesito conservar el poco alma que me queda.