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22 jul 2009

La Frontera

Aquella mañana cuando despertó de su sueño programado de cinco horas y cuarenta minutos el transportador no funcionaba. Eso la hizo sospechar. Y no era lo único que no respondía, Las ventanas virtuales no se abrían por mucho que intentó accionarlas. Si, podría ser un fallo técnico pero el no poder comunicarse con nadie para ver si otros sufrían el mismo contratiempo la alejaba de esa idea. Solo era un nivel 7 y los humanos concebidos para ese nivel tenían estrictas limitaciones y una de ellas era la comunicación con otros sin permiso previo.
Pasó el día tumbada observando la cúpula de su cuarto, que proyectaba la luz diurna habitual versión primavera e intentó dejar su mente en blanco para no sucumbir a pensamientos desastrosos. Sabía que estaba prohibido pero se sentía aislada y triste, y el no pensar era lo único que se le ocurría para no pasar demasiado la frontera permitida.

De pronto también la cúpula se desactivo. No pasó a la noche de verano de siempre si no que una profunda oscuridad la envolvió, Los dientes le temblaban. Aquello era un mal presagio. A tientas cogió un antiguo diario electrónico que le había vendido un nivel 9 de forma clandestina y empezó a teclear.

Un viento calido y fuerte salía de la pared que había a su espalda hacia el agujero de gusano que adivinaba frente a si. Podía sentir como sus cosas, sus muebles, eran desplazados, engullidos por esa nada. Oía como cada objeto se arremolinaba en espiral emitiendo un zumbido con el que parecían despedirse de ella mientras volaban a su alrededor.

Desde el fondo del vacío una voz metálica la hizo temblar.

“¡Mírame! Estoy aquí congelado en el tiempo, esperando. Nada en mi avanza ni retrocede. Nada en mi se mueve, nada escapa de mi estatismo.
¡Mírame! ¿Crees que el tiempo hará mella en mí? ¡Por miles de años puedo estar aquí! En la nada, esperando tu mirada.
Sabes que no podrás resistir. Ya pasaste la frontera”

Era la voz del Paralelo. Era la primera vez que la escuchaba pero había oído tanto hablar de él en las historias de miedo que contaban de noche en el Nido 7 que no le cupo la menor duda.

Alzó una mano sin levantar la vista de su diario y del remolino caliente cazó un bote cilíndrico de un antiquísimo plástico que adquirió en otra ocasión y que contenía unos trozos de sustancias sólidas de colores que nunca pudo averiguar que utilidad tuvieron en un pasado lejano. En vista de que todos sus secretos salían a la luz no tuvo miedo al lanzarlo contra él con rabia. Fue un arrebato inútil, lo sabía, así que siguió dejando constancia de todo. No quería quedar en el olvido. Aunque realmente sabía que era muy improbable que alguien lo leyera si sucumbía.

Sintió un tirón de las sábanas que la cubrían. Quiso agarrarlas pero no podía dejar de escribir. A las sabanas siguió el camastro, hasta que acabó suspendida en el aire flotando mientras sus dedos no cesaban.

El viento cada vez más fuerte, arremolinaba el pelo en su cara. “Un último registro mas”. Quizá ya estaba todo lo que podía decir. Quizá el Paralelo tenía razón. Quizá debía dejar de resistirse.

Con un suspiro profundo relajó sus manos, las deslizó por el teclado y alzando la mirada se dejó arrastrar.


A la mañana siguiente los vecinos llamaron alarmados. Alguien había tirado lo que parecía todo el contenido de un dormitorio por la ventana.
Cuando la policía tiró la puerta encontró el cuerpo sin vida de una joven de aspecto famélico. Cómo único mobiliario había un portátil en el suelo con un documento de texto abierto.

Durante 198 líneas se repetía:
“Para qué resistirme. Ya pasé la frontera”

El resultado de la autopsia, según escueta reseña del diario local, revelaba como causa de la muerte sobredosis por ingestión de la nueva droga de moda, unas pastillas multicolor denominadas Nivel 7

6 dic 2007

¿Sueño, realidad o universo paralelo?


Como siempre al despertar, sin aún haber abierto los ojos, sintió ese crujido de ramita rota dentro de su cabeza; esa señal que ella interpretaba como una pobre neurona más muerta en combate, en la lucha por anunciar la verdad que su mente le gritaba en sueños y que su conciencia se empeñaba en ignorar.

Abrió primero sus oídos y oyó cantar al cuco. Ese canto siempre le recordaba las acampadas de adolescente. Despertar dentro de una tienda en un cutre-camping; el olor a pino, la leche condensada al lado de los calcetines y de las colillas de porros, el sonido del mar, la aventura emocional de cada día…
Abrió después los ojillos pegaditos de tantas horas de sueño. No se ve con mucha claridad después de dormir ¿12 horas?, quién sabe. Parpadeó varias veces. Sus ojos estaban secos y necesitaba llamar a sus lágrimas para que permitieran que la luz no fuera tan dolorosa.

Había algo que no cuadraba, algo era distinto pero aún su mente estaba reparando la rotura y no había una comunicación ojo-mente muy fluida.
Encogió su cuerpecillo delgaducho y frágil para despacito sentarse al filo de la cama y que el fresco de la mañana le despejara la mente.

Posó sus pies sobre la alfombra.
No era el tacto de siempre. Era fresco, humedo, suave… natural.
Parpadeo cuatro ó cinco veces mas, rápidamente, apremiando ver qué estaba pisando.

La sorpresa fue desconcertante. ¡¿Tenía los pies posados sobre hierba?! Hierba fresca, llena de rocío mañanero. ¿Su cuarto se había convertido en un prado? Tenía la mente aún demasiado atontada como para asustarse. Sentía ese bloqueo en el que no puedes pensar, en el que sólo dejas fluir la información por tu mente y, como mucho, sólo aciertas a construir alguna pregunta aislada: “¿Qué? ¿eh? ¿Pero… qué?”

Se levantó y notó como el suelo era blandito y mullido, la tierra se amoldaba a su peso debajo del follaje. Comprendió el olor a verano que había sentido al oír al cuco.

“¿Pero si vivo en un pobre y triste piso en medio de la ciudad? ¿o no?”

Comenzó a darse cuenta de que no era lo único distinto. Por lo pronto la hierba no era verde, era azul añil, casi morado. Era extraño pero tan precioso que no podía llegar a asustarse porque estaba realmente maravillada con la belleza de la vista de su suelo.
Y al observar la habitación con intención vio que las paredes eran de color rosa. De un rosa chicle desigual, difuminado con pequeñas brumas de naranja. ¿Pero…? ¿Qué…?

No eran así antes de acostarse. Eran blancas, muy sosas y muy blancas y por eso mismo estaban llenas de objetos que se afanó en poner por doquier para no verlas.
Entre la cómoda, el armario y los cuadros empezó a distinguir la verdadera naturaleza del color de los muros. ¡No estaban! ¡Habían desaparecido y lo que veía era un cielo rosáceo con nubes anaranjadas!

Eso si le dio miedo y vértigo ¿Dónde estoy? ¿Estoy soñando? ¿Voy a caer en picado? ¿Dónde están los demás edificios? ¿Estoy en la cima de un abismo? ¿Estoy en un universo paralelo? ¡Es esa película que ví, si, es esa película!
La sensación era desbordante, una rueda giraba en su cabeza sin encontrar el freno de siempre.

Se sentó en la hierba mojada que empapó su pijama, agarró un puñado de brizna con las manos y la arrancó para restregársela por la cara y que el frescor aliviara la sensación de náusea.
No entendió en aquel documental el concepto de universo paralelo y ahora estaba perdida ante la realidad que sus ojos le mostraban. No podía poner en orden esas imágenes, se parecían demasiado a un negativo de la realidad. ¡Los colores del revés!

Los colores eran demasiado importantes en su vida como para asimilar fácilmente que todos no fuera como antes. Siempre le influyeron y marcaron de forma exagerada. Pocas veces se atrevió a exteriorizar a nadie el horror que le daba el verde o el mareo que le producía el amarillo, la excitación del añil o el amor del violeta.

Siempre fue “rarita” y desde muy pronto le hicieron saber que eso no te hacía ser querida, así que hablaba con la televisión cuando su habitáculo mental de los sueños estaba lleno y la puerta amenazaba con explotar. Cuando ya no podía callar más, cuando ya no soportaba más el silencio hablaba con la locutora del telediario o con el león del documental. Les contaba su día a día, sus rarezas, sus dolores y sus pasiones.

Intentó tragar saliva, se dio tortazos en la cara para despertar, se apretó las manos clavándose las uñas para que el dolor la arrebatara de esa realidad desconocida.
No, estaba claro que era real. Tenía miedo de moverse del suelo porque este ya no le parecía tan firme. ¿Qué sujetaba sus cuadros si no había paredes? Quizá la transformación se debiera a su obsesión en acumular óleos y fotografías que le introdujeran el exterior en el interior de su habitación.
¿Sus cuadros tenían la culpa? No, ¡que tontería! No acertaba a poner en pié ninguna explicación lógica. Sólo era una idea tonta fruto del desconcierto. Esto era demasiado gordo como para hacerlo una inocente afición.

¿Y si se había vuelto loca? Eso sí era una posibilidad anunciada. Demasiados pensamientos en cadena dando vueltas sin fin en el laberinto de su masa encefálica, demasiadas horas hurgando en su mente, demasiados años sin encontrar respuestas y sin parar de hacer preguntas, demasiados colores chirriantes, demasiadas ramitas rotas día tras día…
Entonces, quizá ya no percibía la realidad de antes, quizá estaba sola, o quizá alguien la miraba o le hablaba sin que ella lo viera porque ya había pasado al otro lado.

¿Seguía siendo ella misma real?
Se paró en seco al pensar que aún no se había mirado con detenimiento, no había reparado en si ella seguía igual o no, si su piel, su cara, sus ojos, seguían siendo los de la noche anterior.

Tenía miedo, mucho miedo.

Si su mente se había descontrolado, si había traspasado la barrera de la razón, esa que tanto temió durante tanto tiempo le aterraba pensar en qué se habría convertido la imagen, pobre y desproporcionadamente negativa, que ya tenía de sí misma.
¿Sería un monstruo deforme y terrible imagen de las sufrientes vivencias sin curar de su vida? ¿Estaría entera? ¿Habrían desaparecido partes de si misma y cómo debería interpretarlo? Estaba muy confusa.

¿Y si no miraba? “Ojos que no ven, corazón que no siente”. Un buen refrán que aprendió tiempo atrás, cuando decidió dejar de saber quién le traicionaba, quién le mentía o quién le utilizaba como bufón. Era mejor no saber y decidir que la realidad era como el juego del cu-cu de los bebés. Si te tapas los ojos y no ves a los demás ellos tampoco te verán a ti.

Se levantó de un salto. Fue un impulso, instintivo a un estímulo que no acertó a localizar. Su espalda se estremeció con una ráfaga de viento que le meció el pelo. Giró sobre sí misma y miró la puerta de su habitación.

Allí estaba, suspendida en el aire.
Sentía una llamada que no eran unos nudillos en la madera ni una voz al otro lado. Sólo era una llamada. La observó y vio que no era la misma puerta marrón, cutre, con corazón de cartón y aspecto de pobre imitación a madera. Ahora era una puerta blanca pura, firme, sólida, maciza, señorial. Era una puerta que le llamaba y le decía quién estaba detrás de ella en esa llamada secreta que ni ella misma podría describir.

Sintió miedo, emoción, alegría, y nada de esa maraña de sentimientos la hacía frenar su deslizar hacia la puerta.

Si, ya no andaba, se deslizaba suavemente sobre la hierba morada, a ras de ella, sintiendo como le hacia cosquillas en la planta de sus pies destrozados por el uso, llenos de callos, durezas, heridas mal curadas de una vida intensa.
Porque otra de sus rarezas era la decisión de no usar máquina alguna que la transportara que no fueran sus pies, por muy lejos que fuera su destino. Decía a todo aquel que le preguntaba que no le gustaban las prótesis. Se sentía mejor tal cuál nació o le conformo el andar por su vida. No usaba tampoco gafas a pesar de su miopía de 6 dioptrías y sin embargo, se desenvolvía con soltura a golpe de intuición. Se decía a sí misma que la vida era más bella desde sus ojos filtrados.
Así que ahora era un placer el poder hacer descansar sus maltratados pies y sentir como algo suave y fresco se dejaba arrastrar bajo ellos.

Un imán implacable la arrastraba y sentía un millón de vectores tirando de ella. Le hizo rememorar las interminables clases de física en el instituto que nunca consiguió entender por que nunca imaginó su sentido útil. Ahora lo vivía en su cuerpo.

Sabía quién estaba tras la puerta, sentía el olor, las sensaciones de contradicción, amor, desconcierto, miedo, añoranza, perplejidad, estremecimiento, vacío, soledad, culpabilidad, reproche… locura.

¿Significaba que estaba muerta?
¿Era mejor que estar loca?
No lo sabía, no podía ni quería pensar

La mano, pequeña, delicada, casi de niña se elevó y sin que su mente lo ordenara agarro el pomo y empezó a abrir. Empezó a sonar una seguidilla “A la puerta de un rico avariento….”
No había duda de quién era, nunca hubo dudas.

Mientras la puerta se abría a cámara lenta un cuervo blanco atravesaba el cielo rosanaranja, anunciando con su graznido que la verdad estaba cerca.

Una pequeñita lágrima se asomó al balcón de sus negras y brillantes pestañas. No quiso caer del todo, no quiso hacerla parpadear.

Y así, ante la emoción, el desconcierto y el tiempo en suspenso, volvieron a penetrar en sus oídos las palabras de siempre.

"No sabes la alegría que me da verte, cariño, mio. No lo sabes bien"