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29 jun 2010

Un lunes cualquiera

Desabroché despacio los pequeños botones de nácar.
Lo miré con ternura, queriendo desplegar todas mis ganas sobre su boca.
“No quiero follar, ya te lo he dicho”
Yo tampoco quería follar, quería hacer el amor, Una expresión de la que siempre renegué por cursi pero que en ese momento tenía un sentido claro y evidente.
Quería amarle despacio, con intensa y bella melancolía, como una canción de Nyman.

“Esto es demasiado complicado”
Y a mí, al oír sus palabras, me nacía una inmensa sencillez.
Quería amarle justamente en esa tarde de ese lunes cualquier, con la certeza de que los instantes caducan, como la pasión, como el amor.
Dejé caer el vestido que pareció desmayarse ante mi deseo, componiendo un ramo de flores dibujadas sobre el suelo. El lo miró buscando una instrucción a la que aferrarse, una respuesta a su zozobra.

Me quedé de pie, desnuda frente a él, sobre mis sandalias verdes.
Su mirada inquieta, sus manos danzantes, su boca en retahíla sobre no sé qué amor pasado. Poco me importaban a mí sus palabras. El sudor de su piel era el único lenguaje que podía y quería entender.
Luego, ante mi silenciosa quietud, calló largo rato.
Nyman seguía susurrándonos lo inevitable.

Miró de nuevo el vestido, luego el dedo pulgar de mi pie derecho, subió la vista hasta la lámpara de flecos, la golpeó con su mano izquierda y finalmente me miró a un ojo.
Sólo a uno.
Clavó su gesto en mí como un niño clava sus uñas en el mostrador de las chuches. Una gota brilló en su párpado, nacida de un miedo que se evaporaba cayendo a cámara lenta por su mejilla hasta precipitarse por su barbilla y morir sobre mi ropa.

Abrió los brazos y yo me derramé feliz y tranquila sobra su cuerpo, amándolo con todas mis ganas en aquella única y pequeña tarde de un lunes cualquiera.

31 may 2010

Abraices

Estaba solo, en medio de la nada, junto a una carretera de tierra. Yo deseaba ver alguno en ese viaje a Cabo Verde y allí estaba.
No tengo ni idea del por qué de ese deseo. Ni siquiera estaba segura de cómo era en realidad, no recuerdo haber hecho siquiera el esfuerzo de ver una foto. Pero cuando apareció frente a la ventanilla del coche grité “¿Eso es un baobab, eso es un baobab?”
Paramos, me bajé y anduve despacio pero ansiosa hacia él. Me pareció un árbol de cuento, casi parecía una planta gigante, un dibujo de un mundo de fantasía. Posé mi mano con cuidado y fue maravilloso sentir que su tacto era de terciopelo, como si fuera un arbolito de trapo hecho por una abuela con cariño para su nieta. Miré hacia arriba, me derramé sobre él y lo abracé con dulzura. Yo aún no creía en los abrazos pero ese baobab me ofrecía uno con su forma amable, con su regordeta estructura. Me sentí pequeña y feliz.
No pude estar mucho tiempo porque una nube de mosquitos se sentían dueños y señores de esa hermosa fuente de amor. Me atacaban como diciendo “Llevamos mas tiempo que tu aquí, amando a nuestro baobab. No lo aprietes tanto. ¡Lárgate!”
Y así lo hice, me fui sin apartar la mirada de ese regalo de la naturaleza hasta que se perdió en el espacio.
Por suerte disfruto de su recuerdo siempre que necesito un abrazo de amor puro e incondicional.

16 may 2010

Es por eso

Es por eso y mucho mas, por eso que no es poco o que no es tanto como decir, como hacer, como pensarlo mucho antes o no pensarlo nada, o bien decirlo sin palabras o esconderlo tras ellas, adivinar las miradas, o leer entre líneas lo que se quiere entender y no otra cosa, los instantes que pasan, que quedan congelados, que se disuelven mirando al techo, escuchando una canción, mirando una arruga en la piel, la punta de los dedos siempre alerta, los pies escondiendo las verdades, esas verdades que no existen por mucho que las busques, por mucho que intentes explicarlas, no existen ni aquí, ni ahora, ni mas allá, ni nunca, porque saber ocupa mucho tiempo y mucho lugar en tu ser, un lugar que le corresponde y que antes estaba violado por reglas en renglones separados por uno y medio, con su número y todo y cuando los borras, la nada, el blanco insinuante se llena de saber que no sabes nada porque siempre habrá un reglón y otro y otro mas vacío para que lo escribas con tu letra, a pulso, ese pulso que a veces no sientes, como si murieras con los ojos abiertos, y que otras martillea tu sien, y otras anuda tu gargantas y otras te hace reír sin control, y en verdad para que el control si nunca sabes que pasará un instante mas tarde, si a veces ni siquiera sabes que ocurrió en el instante que ya pasó, es por eso que nada es y todo abruma, que nunca es suficiente o todo empacha, es por eso que no me canso de preguntar sin pensar, de pensar sin decir, de decir sin saber y de saber sin encontrar.

10 oct 2009

El pastor de palabras


En la noche pastoreaba palabras. Según decía era el mejor momento para que pacieran libres sin miedo a las gomas de borrar.
Usaba un bastón de madera y grafito, las dejaba libres sobre el papel en blanco para que se agruparan a su antojo mientras, una a una, les peinaba los trazos con cuidado.
Luego, sacaba su tabaco, pausadamente se liaba un cigarrillo y se sentaba tranquilo sobre su manta verde a observar como se mezclaban entre ellas: los arrumacos de las que siempre van juntas, mezclándose y formando otras nuevas, los amores que brotaban entre las que aún andaban sin encontrar su sitio, las discusiones entre las que ya sabía que nunca se entendían pero que por mas que intentaba separarlas siempre acababan encontrándose.
Había, como no, las típicas palabras pesadas que no hacen mas que incordiar o escocer y que hay que tachar continuamente. Si, esas que al más mínimo descuido se sacuden la censura y ya están de nuevo a la carga. Para él formaban parte de su rebaño y las quería igualmente a pesar de todo
Eran noches dulces y plácidas en compañía de sus mejores amigas que le devolvían su amor con reflejos de si mismo. Le sorprendían con imágenes llenas de luz, o con oscuras y tenebrosas figuras, o bien con retratos que le eran muy familiares, pero sobre todo le regalan esa preciosa sensación de calida soledad en su exclusivo universo de palabras.

9 oct 2009

La Mujer Tornado

La Mujer Tornado iba envuelta en un blanquecino manto de viento arremolinado por donde quiera que fuera. La espiral nacía de sus pies y ascendía, cubriéndola, hasta el infinito.

La Mujer Tornado siempre iba despeinada, o muy bien peinada hacia arriba, porque su pelo se torneaba con su remolino haciéndolo ascender con una forma cónica y puntiaguda, como un Buddha tailandés. Ciertamente le daba un toque místico.

La Mujer Tornado, allá donde pisaba dejaba su reluciente huella porque con la fuerza de su centro repelía toda la basura que encontraba a su paso. Era incluso perseguida por amas de casa, niñitas pijas y maniacos compulsivos de lo brillantes que quedaban aceras y pasos de cebra.
Lo único que si pisaba en incluso absorbía con su ciclón eran las hojas de los árboles, porque mientras estas ascendían por su espiral ella se sentía mas silvestre.

Os preguntareis, ¿la Mujer Tornado siempre era la Mujer Tornado? Claro que no. La Mujer Tornado tenía su refugio, como todos. No era el salón de su casa, ni la cocina, ni el dormitorio, en los que no había un cuadro que no estuviera fuertemente pegado a la pared. No había cortinas, manteles ni pañitos varios que estarían siempre por el suelo.

Era el desván, arriba del todo, donde nada se oía, donde la madera olía a sapiencia y las telarañas hacían de espejo al sol. Nada mas posar su talón en las tablas del suelo, su tornado se deshacía como un suspiro de alivio, su pelo caía sobre su espalda en una trenza tubular y sus ojos se abrían un poco más, sonrientes y relajados.

Allí, la Mujer, leía, miraba al techo, cantaba canciones y escribía poemas sobre cielos con nubes, lagos calmos y hojas que la hacían sentir bien.

3 sept 2009

Tirando Millas

Abro la puerta del coche que ruidosamente se despereza. Me acomodo en su asiento viejo con funda casera y lo arranco con cuidado rogándole que hoy sea amable y haga un esfuerzo más. El crujir de su anatomía me suena a complicidad. El volante arde, abrasa, pero mis manos están dispuestas a perder un poco de piel en agradecimiento.
Antes de comenzar el camino no puede faltar la selección de música que escogimos con esmero, estudiando las posibilidades de cada kilómetro.
Dejo el cuaderno y el lápiz en el asiento de al lado por si me asaltan las ganas de hablarte. Una llamada a través del carbón.

Y tiro millas. Quiero seguir la ruta que planeábamos pero no aseguro que cambie de opinión por el camino. Uso tus gafas de sol, las que olvidaste en el salón la última noche de pasión y desconcierto. El aire caliente golpea mi piel y su efecto secante alivia tanta lágrima vieja y aburrida, y por eso sonrío, tontamente, dulcemente, burlándome de mí.

Suena el primer tema, “Crazy”. Suerte que nunca aprendí ingles y por eso para mi es el motor perfecto de arranque. Me trae sabor a verano a la boca, a recuerdos de tiempos en los que con cinco mil pesetas te tirabas quince días en la playa sin más objetivo que simplemente estar, ser, vivir.

La siguiente canción “I Was Hopping”, suena a tristeza resignada, a encuentro después de mucho, a reproches fláccidos y a camino polvoriento. Quizá pensaste que oírla me pondría melancólica para así hacerme necesitar tus besos y que estos me supieran a bálsamo.

Sade canta “This is no Ordinary Love”, y ciertamente puede ser cualquier cosa menos ordinario. La intención es clara. En ese tramo de la carretera el amor me desbordaría en forma de deseo, me retorcería en mi asiento y te pediría por favor, (¡Por favor!), que pararas y me amarás con fuerza a la sombra de un eucalipto.

Y cuando llega el turno de “Mal Intento” recuerdo con gracia como por fin me dejaste elegir una que fuera en español. Esta letra si la entiendo muy bien y reflexionando ahora en el sentido de este rosario de canciones, quizá aquí yo pretendía que dudaras, que no te acomodaras en la seguridad de tenerme y que la pereza emocional no se instalara en tu cuerpo. Y como no hay nada como una de cal y otra de arena mi siguiente imposición fue “Que bueno, Que bueno” para bambolearte con un “Te quiero/y lo que mas echo de menos/ es que no te quiera mas/ de lo mucho que te quiero”

Con los primeros acordes de “In the Wating Line”, prepararía mi garganta y mi alma para cantártela tal y como aprendí a hacerlo, de memoria, de oído, imaginando lo que dice porque tú con paciencia me la tradujiste y como mi voz inflamaría tu corazón que palpitaría con fuerza en tu cuello, amándome hasta dolerte.


Hecho el asiento hacía atrás y apoyo el cuaderno y el lápiz contra mi pecho. No se cuanto hace que paré a escribirte a la sombra de este puente de hormigón (por aquí no hay eucaliptos).
Creo que me he perdido, o no. Quizá nunca estuve tan convencida de donde estaba mi centro.
El calor me obliga a respirar con la boca abierta y me da sueño. Puede que una siesta no sea lo mas aconsejable en este lugar, a estas horas y con esta temperatura pero, siguiendo únicamente lo que dicta mi deseo, cruzo los dedos para dormir profundamente sin soñar.


22 jul 2009

Lluvia ácida

Las ramas del árbol cantaban canciones rusas y es que la lluvia ácida es una buena percusionista de corteza de roble.
Noté como alguna gota calaba mi piel atravesando tejidos, tendones, venas hasta descubrir pequeños círculos de pulcro hueso de color blanco roto. Las noté como un cosquilleo, como un crujir.
Sin embargo otras no se sentían en absoluto, era necesario perseguirlas con la mirada para ver por donde actuaban.
Abrace una mano a otra y un brazo tiró del otro mientras hinchaba de aire mis carrillos en un intento de reparar tanto agujero pero, si mas se cerraban, mas se abrían, y es que aquella lluvia estaba demasiado enfadada.
Era hora de correr hacia la casa y salir del refugio poco útil del roble.
Por el camino me esponjé y cuando atravesé el umbral era toda trozos de yo cubierta y yo sin cubrir.
Al mirarme en el espejo de la entrada observé mi media cara en canina y media no. No paraba de verme de uno y otro perfil y, la verdad, no sabría decir cual me gustaba más. Las dos mitades tenían su aquel. “Dos puntos de vistas distintos pero igualmente interesantes”.

Oí los sollozos de Trampy, mi amigo espantapájaros que ya llevaba tiempo compartiendo mi enorme y desolado hogar.

-- ¿Qué ocurre, Trampy, querido?

- Tengo mucho miedo a está lluvia asesina. ¡Mira lo que te ha hecho a ti! ¡Que no hará con mi frágil y blando cuerpo de papel!

-- ¡Oh!, querido Trampy, no tengas miedo, aquí estamos a salvo Podemos estar mucho tiempo encerrados esperando que escampe y no nos faltará de nada. Mira, ayer traje un montón de periódicos, usados, como a ti te gustan, para tus rellenos. Y por mi no te preocupes, ya me regeneraré y si no es así, no se, puede que tenga sus ventajas. ¿Verdad que si, cariño, verdad que si?

Ahuequé su carita blanda borrando ese gesto temeroso y devolviéndole su tierna redondez. Luego encendí un fuego de piñas dulces que al poco empezó a desprender ese maravilloso olor a canela grana que combinaba tan bien con los cantos de los robles.

-- ¿Me das un trozo de tu pelo, Trampy? Me apetece leer un rato.

- Claro amiga mía, Eso me traerá calma.

-- Eso es, todo está mejor en calma.

Una sonrisa dulce y serena se dibujo en mi lado carnoso de la cara mientras Trampy se acurrucaba a mis pies esperando el sonido de mis palabras.

6 jul 2009

Muñeca

Con un peso de 225kg llevaba postrada en la cama 5 años. La sensación de estar enclaustrada en un cuerpo que sentía no le pertenecía era lo mas devastador de su situación. Conocía otros “encantadores monstruos”, como ella los llamaba, que pesaban lo mismo o mas que ella. La webcam era su forma de comunicarse y de compartir penas y risas, que también las había, aunque siempre pensó que era una forma forzada de negar la realidad.
Un día, mientras hablaba con Lisa por videoconferencia, curioso nombre para una mujer de 298kg, sintió un picor insoportable en el abdomen. Haciendo un esfuerzo tremebundo se incorporó y empezó a arrascar una especie de costra que no alcanzaba a ver. Su amiga Lissa seguía observándola y preocupada por sus gestos le preguntaba insistentemente que le ocurría.
Arrasco y arrasco con todas sus fuerzas hasta que la postilla se levantó haciendo un sonido como de tampón comprimido. Oyó un silbido similar al de un globo deshinchándose. Y efectivamente eso es en lo que parecía convertirse su cuerpo. Se fue desinflando sonoramente mientras su amiga desquiciaba lloraba y gritaba viendo como Lola se convertía en una grotesca muñeca de goma vacía.
Lola, por otra parte, murió con una gran sonrisa al sentirse por fin liberada de si misma.

4 mar 2008

En un hotel

Sentada en la tapa de inodoro sus nerviosas rodillas traqueteaban mientras observaba la estupenda bañera, pulcra, impecable, el cromado de los accesorios del baño, los azulejos de primera. Todo era limpio y lujoso. Cogió el cestillo de los botecitos de aseo que había sobre la encimera del lavabo y metió la mano revolviendo como si escogiera uno al azar en un concurso “¡Acondicionador capilar para la señorita, oiga!”.

No era su primera vez aunque aún no llevaba mucho en el negocio y no podía tener quejas del lugar escogido por su cliente, con ese albornoz suave y blanco puro. Si hasta había secador de pelo. Si todo salía bien podría darse una buena ducha y salir de allí como si de una señora clienta se tratara.

Tras la puerta se oía una música suave y sensual, el descorchar de una botella de champán (ni siquiera recordaba si le gustaba), el tintineo de dos copas, la caída libre de los zapatos y su silbar seguro y masculino.

Temblaba, y se agarraba las muñecas mientras miraba su rostro constreñido en el espejo.

“no te sientas culpable, es la puta vida la que te envía hasta aquí. Tu jamás pensaste que acabarías así”. Siempre tuvo sueños, pero… primero, fueron las hostias las noches de los jueves, luego las palizas del domingo, la huida con los puesto y con el niño envuelto en una mantita…

Cuantas veces resonaban en su mente las sentencias de su madre “no servirás pa ná, ná mas que pa puta” ¿Por que nunca la quiso nadie? Siempre tratada como un perro.

No importa, el hambre es el hambre y una madre, una buena madre, hace lo que sea por su hijo. Total, muchas veces lo hizo obligada, casi violada por un hombre que no era ni la triste sombra del que se enamoró. Que mas da una vez mas, y otra y otra…

Ella sabía como fingir, como evadirse y entrar en catarsis sin que el otro lo notara, para que no le doliera el alma ni la dignidad y quedar como una buena zorra y que el cabrón terminara pronto.

Se tapó la cara con las manos, las dejó resbalar por el cuello, por el escote. Se alzó los pechos y estiró los pliegues del vestido negro.

Puso esa cara que todos esperaban ver de hembra en celo y abrió la puerta dispuesta a ganarse en el menor tiempo posible lo suficiente para seguir tirando un día mas.

27 feb 2008

Arroz quemado

Se me quema el arroz en la cocina como se achicharra mi cerebro aquí arriba. Y me acuerdo de aquellos sesos de cerdo que comí aquella vez en Mérida, chamuscados y blandos, deglutidos por un ser sin piedad. Yo. Igual que ahora me como mis sesos a boca llena mientras veo impasible quemarse mi comida en la mini cocina.

¡No! ¡No hablo de tener hijos! Hablo de un simple arroz de grano largo teñido de amarillo-naranja que dicen nunca se pasa y que a mi siempre se me echa a perder.

No estoy preparada para cocinarte el amor que tú clamas, y no creo que lo esté nunca.
No estoy preparada para vivir la misma historia de siempre y es que no veo ninguna diferencia entre la lágrima que sale de mi ojo cuando me quemo la boca con el arroz hirviendo o la que corre mejilla abajo por una despedida sin ninguna piedad.
Todo me sabe a lo mismo, todo lo viví ya y seria estúpido repetir una y otra vez las mismas historias.
Mejor arrancarte de raíz cuando aún da vergüenza decir siquiera que ha brotado nada.

Mejor para mí y seguramente para ti.
No soy algodón de azúcar, ni una bolsa de gominotas, soy un espejo que cae y que al querer cogerlo en el aire te hiere con un corte envenenado de muerte.

Hay que tomar decisiones y yo no se si puedo o si no puedo o si es que nunca quiero, si debería y por qué o por quién debería hacerlo.

Solo se que me siento incapaz de alcanzar los objetivos que me marqué que pienso en abandonar este camino y que sabiendo que hay tantas sendas como mi imaginación quiera inventar no entiendo porque se me antojó llorar desconsolada .

Y a pesar de tanto drama seguro que una sencilla siesta me devuelve la suavidad en el rostro.
O no.

7 feb 2008

Una canción que no habla de nada

Hoy me he levantado a las mil. Han sido mil veces las que he intentado bajar de la cama, dejar entrar el aire en mi mente, y salir de esa cueva húmeda que eran mis sueños.
Mil veces cambié la hora en el despertado a tientas y mil veces sopesé las consecuencias de mi pereza que no parecía tal. Más bien me sentía enferma. Mi cuerpo no esta preparado aún para tirar de la vida de nuevo.

Muchas horas después acierto a levantarme con la sensación de medio descanso soso y vacío que da el que lo tiene todo perdido.

Me quito este horrendo pijama con cuidado. Me cuesta mantener el equilibrio y me hace sentir pequeña la postilla que adorna mi rodilla.
Sigo sin poder evitar no verme tal y como soy. Sigo mirándome y viendo la que era o la que recuerdo. Bajo la vista, miro mis piernas temblar de frío y como si me pusiera un recortable de muñeca son sus pestañitas agarrando a los lados, veo otras piernas, con otra piel, con otro color, otro tamaño.

Realmente no me ha servido de nada la eternidad de mas que he pasado en la cama.
El hinchazón de mis ojos pinta anacronía con mi pelo excesivamente largo.

Y pienso. Tu estás roncando, prácticamente muerto, tu sueños ni siquiera pueden actuar porque las pastillas que tomas para dormir son para eso precisamente. Para que no sueñes.
Y pienso. Tu estas allí, solo, anhelando un beso en los ojos y un envolvente abrazo que te saque de esa pesadilla en la que estás inmerso.
Y pienso. Yo estoy aquí, sola, mirando mi tristeza en forma de pelo despeinado, chaqueta vieja y ojos hinchados.

Me gustaría no hacer mas que cantar y escribir para desinflame de una puta vez y derramar este barro que da forma a este otro cuerpo que un día se apoderó de mi. Y cuando sepa como hacerlo, mandarte todas mis recetas, que te levantes drogado, las leas y te pongas a prepararlas como el alquimista que eres en esencia.

¿De donde te nace tanto miedo a tenerme a tu al lado?
¿De donde me nace tanta pereza a sentirme pegada a ti fuera de mis sueños?

Me gustaría cantarte al oído una canción que no habla de nada, que solo suena bien y hace sonreír y que escribí para ti un día de sol.

6 feb 2008

Cazando estrellas


Como cada noche desde hacía más de un año salía de casa empeñado en cazar estrellas del cielo.

En invierno se ponía el gorro de lana hasta las orejas porque la noche en la sierra es fría de quebrar huesos. Se ponía sus guantes, una caza mariposas que modifico expresamente para su labor y sus magnificas aunque ya desgastadas botas de montaña.
Empezaba a andar por la vereda hacía la montaña que adornaba la ventana de su cocina. No necesitaba linterna ni brújula. Su intuición de hombre de campo le guiaba sin perderse.

Subía hasta la cima, miraba al cielo y las veía ahí arriba, preciosas, salpicando su techo negro y sentía como lo llamaban con su canto de sirenas de luz. Empezaba a dar bandazos como un loco a diestro y siniestro con su red sin éxito alguno. Si a caso cazaba mosquitos u otros pobres insectos en verano.
Sentía que perdía la razón, sentía que la soledad lo libraba de ser encerrado por sus vecinos si vieran la absurda obsesión que lo dominaba.

Se le pasaban el tiempo sin sentir y era el celeste temprano el que le decía que inexplicablemente habían pasado horas y horas desde que empezó a oír el canto de las estrellas.
Bajaba a su casa, y rendido caía en la cama tal cual. Ni siquiera se quitaba las botas. Una tristeza oscura y pastosa inundaba su alma y lo dejaba inmóvil encerrado en su habitación esperando que la noche llegara pronto de nuevo.

Llegó el verano y en todos lados anunciaban lluvia de estrellas. Él, con el corazón dando saltitos, pensó que por fin conseguiría cazar a una de sus preciadas estrellas mientras caía del cielo para así amarla por siempre colgada de su cuello.

En la cima de la montaña, alejado de todo destello artificial empezaron a surgir de los cuatro puntos cardinales un sin fin de estrellas fugaces. No era capaz de verlas todas, era imposible mirar a todos lados a la vez, Era una verdadera lluvia… pero en horizontal. Oyó como esas estrellas juguetonas de cola silbante se reían de él a carcajadas. Le decían que nunca sería capaz de alcanzar, ni siquiera rozar a una de ellas. Que solo había sido un divertido entretenimiento para sus hermanas sirenas.

Mucho antes de que el día llegara bajó a su casa. La tristeza negra se torno apatía para mudar en olvido. Entro por la puerta hasta su dormitorio, se desvistió y se acurruco bajo su edredón para dormir durante horas, placenteramente, como hacía mas de un año que no conseguía hacerlo.

En el quicio de la ventana de su cocina, a la intemperie, colgadas de una alcayata se quedaron de adorno por siempre sus viejas botas.

29 ene 2008

Erase una vez un Pirata

En parte era como todos los piratas: Melena negra y rizada al viento, bonita barba descuidada, ojos inteligentes y oscuros, y por supuesto parche en el ojo.

No era tonto, el parche era solo una excusa para no mirar lo que no le gustaba o lo que le dolía. Se hacía el tuerto siempre que le interesaba.

Cuando el sol se ponía en el horizonte y el mar daba tregua a su barco, bajaba a su camarote en la bodega y se deshacía del parche, del gorro y hasta de la pata de palo.
¿Era un pirata? ¿O solo era un disfraz?

Todo ocurrió un día lejano, cuando aún era un buen hombre, cayó al agua por accidente en una tarde de tormenta, se hundió rápidamente mientras aleteaba piernas y brazos sin remedio. Y al llegar al fondo una despiadada morena le asalto por sorpresa desde su guarida y de un bocado le arrancó el corazón.

Se sintió morir. Vio como su sangre coagulaba delante de sus ojos estupefactos y como la marea la mecía en hilillos que salían de su pecho. Miró arriba y con largos y seguros impulsos de sus manos y pies alcanzó la superficie. Su cabeza emergió pero ya no era el mismo. Un dulce hombre sin corazón no puede tener la misma mirada. La tristeza, la dureza, el frío del alma, dejaría marcas en su cara y en sus pupilas que nunca desaparecerían.

Nadó sin descanso, sin gesto alguno de flaqueza hasta que encontró un barco en ruinas anclado en una playa de piedras y arena fangosa.

Desde entonces cada día sale a navegar para piratear de puerto en puerto, de isla en isla.
Es un pirata, pero bueno. Si acaso solo saquea lo que adolece: la felicidad de los otros, la magia de las magas, la alegría de los perros y el calor de las familias.

Sin esas cosas el pobre pirata se hace un gurruño en su silla, bebe ron en vaso grande y se dedica a mirar triste y nostálgico a los seres del mar por su ojo de buey. Envidia a las gaviotas con sus grandes alas por que el pirata bueno es prisionero de su propio disfraz, de su propio barco de palo.
Sin sus botines, sin sus tesoros, en épocas de escasez de amor en el mundo, se encierra en su camarote, lee una y otra vez los mismos libros, recitaba una y otra vez los mismos poemas. Y lloraba en silencio su ira por no saber quemar en la caldera ese disfraz de pirata que tanto maldice cada noche.

Pero de nuevo, cuando el día despuntaba en su negro mar, se vuelve a poner sin remedio su uniforme de pirata, pone su cara de malo, da su perfil con parche a lo que no quiere ver y sube a cubierta dispuesto a partir de nuevo en busca de nuevos tesoros que saquear.

27 ene 2008

Ya no te espero

Mi cabeza pesa un quintal. Se me cayó y quedó colgando del cuello hacía abajo, así, como muerta. No puedo levantarla, aunque ni siquiera lo he intentado. Y es que la apatía me sorbió con pajita y me dejo seca de ánimo.

Ahora lo veo todo del revés, mis ojos bocabajo miran sin ganas el mundo y no entienden nada. Se borraron los últimos detalles de éxtasis como por arte de magia negra. Y es que los pensamientos se me agolparon en el fondo de este tarro sin vida que tengo por cabeza. Ya no hay corriente eléctrica, la información no fluye y mi química reposa como posos de café en un puchero de agua sucia.

No moriré, lo sé. No será eterno, lo sé.

Acabará siendo solo un poco de tortícolis que se curará con una buena borrachera entre amigos y un polvo cualquiera para olvidar.

Pero mientras llega ese momento en que la apatía vomite la alegría que me robó siento el vacío de mi mirada, la flaccidez de mi cara y el frío que se pegó a mi piel.

Ni siquiera puedo llorar porque las lágrimas se congelarían como pequeños cubitos de hielo. Ni siquiera tengo fuerzas para echar de menos esa perfecta noche de sexo y pasión que nunca llegamos a tener.

Ya no te espero.

12 ene 2008

El bosque

La noche se disipa mientras el rey sol invade los rincones de este mundo aparte del mundo que tose. La escarcha cruje en un desperezo mortal liberando de su fría jaula a hojas, brotes, y frutos. La bruma, feliz, eleva su cuerpo etéreo ante el calor de los primeros rayos. Empapa y nutre a flores que lavan su carita con su gas perfecto.


Hormigas, escarabajos, ratoncillos y conejos e incluso duendes y nomos, todos van abandonando poco a poco su mundo de sueños y pesadillas para estirar antenas y orejas y abrir sin espanto ojillos legañosos. La luz avanza implacable bañando de colores a los habitantes del bosque. Todos van sonriendo contentos por seguir vivos un día más.

Cada uno a su manera: lo árboles en su abrazo de hermano mayor a los que tiene a sus pies; los insectos en su incansable laborar por el bien del ciclo natural; los reptiles dándose ese baño de calor mañanero que tanto les gusta; pequeños mamíferos amamantando a sus cachorros deseosos de terminar para salir a corretear y jugar a guerras inventadas y cazas de mentirijillas y pájaros y pajaritos componiendo la banda sonora de su hogar.

Todo esto vive el bosque. Todo esto a espaldas del mundo gris de la ciudad. Todo esto en la privacidad de sus rincones, feliz de no ser visitado por humanos indecentes que no saben hablar su idioma ni hacen nada por intentarlo, como alemanes en Ibiza.

Disfruta tu tiempo, amado bosque, disfruta y exprime tu vida porque nunca se sabe cuando llegarán las maquinas cortadoras de cabezas.

Sabes quererme a ratos

Te tengo debajo y me maravillo de la luz que me despides. En este frotar de volúmenes beso tus ojos a saltos y mis labios se impregnan de tu sudor. El cabecero de la cama amenaza con derribar el muro y hacerme libre por fin.

Esa carita tuya me desquicia, me atormenta, me anula. Mirándote tan de cerca no veo más que tu boca, tan bien dibujada.
Te pregunto con la mirada. ¿quién eres? ¿no te irás, verdad? No te vayas hasta que no descubra tu secreto.
Y tú sonríes con el brillo de tus ojos mientras tu deseo me llena en lo más profundo.

Nunca toque una piel como la tuya, una suavidad tan extrema. Me quedaría infinitas tardes solo acariciando tu seda.
Me gusta tu mano en mi cuello, mi mano en tu pecho y el baile que no cesa.

Tus palabras, tu interés, tu querer hacer con esmero y yo, impaciente, volcán gritando explotar, quiero beberme tu amor de un trago. Me calmas con sapiencia, me diriges, me mimas y me llevas a terrenos cálidos donde disfrutar del saborear lento.

Sabes quererme a ratos, sabes hacerme feliz en esos momentos, y tus cuidados calman mi alma y despejan mi mente para seguir con mis rutinas.

Te quiero cuando te tengo y con eso me basta. Sólo tus visitas esporádicas me hacen sentir completa.

3 ene 2008

Anoche murió el amor

Anoche murió el amor.

Lo hizo sólo, a la vuelta de la esquina.
Era una noche fría de enero, de esas noches terribles en que el cuerpo se encoge y los huesos crujen.
Iba por la calle tambaleándose sobre sus zapatos todo terreno llenos de agujeros cuando de pronto lo vi tropezar hasta alcanzar la pared.
Se arrastró a lo largo de ella intentando no caer.
Sus manos destrozadas por una vida de dura lucha se aferraban al ladrillo visto clavando la punta de los dedos en él.
Dobló las rodillas temblorosas que ya no soportaban más su peso y cayó sobre ellas al suelo.
En un exagerado movimiento de muñeco de trapo su cabeza hizo un vaivén y quedó colgando hacía adelante.
Los ojos entreabiertos con brillo de cristal frío, la boca expulsando sangre en una tos dolorosa.


Estaba tan sólo mientras la gente iba y venía.
Señoras con sus abrigos de paño y sus bolsas cargadas de compras inútiles.
Niños saltando y corriendo mientras sus abuelos se afanan por alcanzar su mano.
Parejas discutiendo cuanto más o cuanto menos debería valer el regalo de la suegra.


Limpió sus labios con la manga de su chaqueta mugrienta y comprobó que su sangre era roja y mortal.
Esbozo una media sonrisa tragicómica mientras sus ojos se cerraban.
Se resbaló por muro hasta el suelo contra el que su cabeza rebotó levemente mientras su rostro quedaba flácido para siempre.


Yo lo vi todo desde el otro lado de la manzana.
Vi su muerte en vivo, rodeado de bullicio, sin que nadie se percatara, sin que nadie siquiera hiciera un gesto de asombro.
Todos les habían dado por muerto hacía ya tanto tiempo.
Lloré desconsolada apretando mis manos contra la boca, mordiendo mis nudillos para poder soportar el dolor que me apuñalaba el pecho.
Lloré como nunca quise pensar que podría hacerlo, impotente, sufriendo su misma agonía, sintiendo como su último aliento cerraba mi garganta y me impedía respirar.
No podía hacer nada, no podía salvarle, no podía correr hacía él cogerle en brazos y llevarlo a un sitio seguro.
Mi cuerpo es demasiado pequeño para llevar todo el desamor del mundo a las espaldas.

Hice lo único que podía hacer. Llorar su muerte, mirarlo a los ojos antes de cerrarlos y prometerle en silencio que nunca moriría en mi recuerdo hasta que mi propio fin limpiara mi mente de dolor para siempre, para poder empezar de nuevo.

15 dic 2007

Marmelada

El mar burbujea espumando su ira a cada salto de olas que se encuentran. Parece que el magma de la tierra saliera a superficie con la intención de calentar el enorme puchero para hacerse un guiso de marineros despistados al jugo de miedo batido.

Yo salto a cada encuentro de las lenguas de agua como esos troncos muertos a la deriva. La espuma, tan bonita, tan suave y dulce, me niega la vida impidiéndome respirar. Me agarro fuerte como puedo a no se donde, pero mis manos pequeñas y blandas no son los suficientemente fuertes para evitar que mi cuerpo sea engullido por las olas.

Mi cuerpo zarandeado como una pandereta tiembla sin parar, porque este infernal mar se enreda en mis piernas impidiéndome mantener el equilibrio, me rodea, me succiona y el agua y la espuma se cuelan por los resquicios de mi cuerpo. Los oídos taponados, llenos de líquido, me hacen creer que alguien me llama pero yo sé que estoy sola. Hace mucho que estoy sola y seguramente todos los demás ya estarán muertos o luchando por un poquito de aire a intervalos igual que yo.

Empiezo a recordar pasajes de mi vida, no se si por seguir la corriente a las historias de pre-muerte que leí o porque mi mente lo encuentra oportuno para aliviar la tensión del miedo a morir.

Ahí estaban los juegos en la calle con los niños del barrio; las excursiones al campo con la familia los domingos; los sábados de cine y pipas; las discotecas, el alcohol, los porros y los chicos; las parejas unas detrás de otras sin mucho acierto; los viajes aventureros…

Y pienso que no está demasiado mal así que suelto las manos del agarre y decido abandonarme y no luchar más. Me dejo vibrar por el mar a borbotones, que alivie mi tensión, que me cubra y me posea y que este agua caliente se quede conmigo para siempre para así pod..


- ¿Señora? ¿Señora? ¡¿Oiga?!

- ¿Si? (digo quitándome los tapones de los oídos)

- Lo siento pero vamos a cerrar ya. Tiene que salir del Jacuzzi.

- Ah, si, si. Claro. Por supuesto. Gracias.

8 dic 2007

Amor eventual a ritmo de Jazz


Clic en el despertador, bostezo, caricia al perro,
babuchas, cisterna, ducha,
cremas, pelo, labios, ropa,
mochila, puerta,
llaves (doble vuelta por si acaso) y…

Pausa en el rellano. Empieza a sonar una canción Jazz-Funky que resucitaría a los muertos.
Pisa el primer escalón de bajada y ya su paso no es cualquiera. La música le marca el ritmo. Las trompetas, el clarinete, la voz de esa negra que pone los pelos de punta.

Camina al son de la canción y nota como sus caderas se mueven en perfecta sincronización. Su paso firme y rítmico da sentido al contoneo de su culo que grita por la calle su orgullo. Sus pechos botan con gracia y definen las notas de una percusión trepidante que la elevan a un estado por encima de los demás mortales que se cruzan en su camino. Se siente sensual, bailarina enmascarada y diosa de la armonía.

Le hace recordar escenas de la noche anterior. La mirada expresando ese placer que ni siquiera los gemidos son capaces de alcanzar. Unos labios mordidos con insistencia, la mano que agarra el cuello, un gesto cargado de dulzura al retirar el pelo mojado por el sudor que queda pegado en su cara, unas palabras de aliento entrecortado susurradas al oído.
Añora a su amante eventual porque el ritmo de jazz le recuerdan al rimo de la pelvis de él sobre ella, bajo ella, tras ella…
Bendito amor eventual que le trajo la paz a su corazón, la sonrisa al alma y la libertad a su cuerpo.

Nadie la mira, nadie la ve porque va disfrazada de normalidad en su atuendo marrón neutro, en sus botas bajas negro invisible, en su pelo mojado, en su cara sin adornos.
Nadie huele su ritmo ni su magia porque nadie oye su música, nadie sabe que no anda anónima, que ella baila por la ciudad con un cimbreo de caña flexible, sensible a los elementos. Y es que ella no tiene las dimensiones adecuadas ni la altura correcta.
Y mejor será así porque pobres de los incautos que quitasen su venda en los ojos y la vieran pasar. Sufrirían quemaduras de tercer grado si adivinaran la antorcha humana que pasa por su lado sigilosamente.
No tendrían tiempo ni de un ¡ay! Antes de entrar en ignición.

Esos pantalones vaqueros ajustados como un guante de látex dan una dimensión, un momento sublime a sus caderazas en plena marcha rítmica y el roce de esas costuras rudas le hacen sentir un deseo y una fiebre entre las piernas que le hacen entrecerrar los ojos y abrir sólo un poco los labios para esbozar una sonrisa.
Una frase con tono premonitorio se intercala en sus pensamientos “Hay personas que necesitan música de Jazz para desnudarse”

Interrumpe su danza un hombre que surge de la marea humana y la arranca del anonimato. La mira y sonríe de medio lado y con suavidad, acerca sus manos para quitarle los auriculares.


- Hola

- Hola

- Te conozco

- ¿Si? No lo creo. No te recuerdo

- No creo en tu mala memoria ¿Quieres que follemos al ritmo de tu música?

- ¿Qué? ¿Por qué?

- Porque tienes lo que yo busco

- ¿Y qué es eso que buscas?

- Fantasía, una media sonrisa de niña pícara y unas buenas tetas.

- ¿En tu casa o en la mía?

- Mejor me enseñas tu guarida.

- Ayer fue la casualidad. Hoy te acompaña la suerte

2 dic 2007

El otro día te ví

El otro día te vi.

Yo estaba en la parada, frente al centro comercial. Me venía bien tomar ese autobús que llegaba pero pensé que iba demasiado lleno y decidí esperar sentada el siguiente. Estaba demasiado cansada como para ir de pie, apretujada, guardando el equilibrio.

Entonces te ví en el autobús, de pie, agarrado a la barra.
Te ví entre la gente y pensé si montarme para decirte: ¡Te conozco. Te he visto en la página de contactos, te he escrito... pero nunca has contestado! (por supuesto, lo entiendo. Para gustos colores).
Luego pensé que mejor me quedaba allí observándote, que seguramente si me metía en el bus me moriría de vergüenza y no te diría nada, o bien, que si superaba mi miedo y acertaba a balbucear algo podrías mirarme como a una chiflada o darme la espalda. Si, era mejor quedarme sentada en la parada del bus observándote. Cobarde pero seguro.

Tú me miraste, creo. ¿Me mirabas a mi o era a la masa informe de cabezas que se apiñaban frente a tí?. No, me mirabas a mí. Me miraste y remiraste porque no estabas seguro de que pudiesen estar clavandote la mirada fijamente. Cuando te cercioraste de que eras mi objetivo te volviste tímido, no sabias que hacer con los ojos. Me descartaste de tu punto de mira como descartas mi mails una y otra vez.

Me gustaste; interesante, inteligente, alto, cuidado, con carita de cansado pero...¿quién coño no tiene cara de cansado un día cualquiera a las 8 y media de la tarde?
Todos los días una maratón, todos los días se pierden minutos, horas, por no se sabe dónde. Van cayendo y no se recuperan más, nunca mas. No vuelven y caen los músculos de la cara, crecen las bolsas de los ojos, se pliega estreñida la piel. En fin, puta vida torbellino que, para bien, nos obliga a mirar a los ojos para descubrir la verdad del que tenemos enfrente, para jugar a las adivinanzas con los que nos cruzamos a diario. ¿Tiene cara de: buena gente, tontorrón, sabio, estúpido, buen follador..? Agudizando la intuición.

Yo intuyo muchas cosas por tu anuncio, por tus letras, tu foto... y ahora, después de verte anónimo entre la marea, se casi todo de ti.
Se que no te cruzaras conmigo, en esta vida por lo menos, pero que llevas mi imagen impresa en tu memoria, que vendrá de vez en cuando y que, a pesar de no ser tu destino, siempre te provocará preguntas.

Yo tampoco quiero conocerte. Ahora que lo sé todo sobre ti se que eres igual que otros muchos. Maravillosamente imantado pero con "ese no se qué" que me provoca alergia, me hace salir de mi y convertirme en un trozo de carne sin cerebro. De esos que sacan todo lo peor que hay en mi, y con los que acabo llorando a borbotones con una niña que se perdió en medio del bosque.

Pero seguiré provocándote preguntas y más preguntas sobre ti mismo. Esas preguntas que no te gustan porque nacen solas.