9 sept. 2009

Motas rojas

Una lluvia de motas rojas salpicaban los azulejos blancos. Siempre que limpiaba daba un rodeo haciendo como si no existieran. Así, cada noche, mientras se preparaba la cena, tenía la excusa perfecta para revivir una y otra vez, su brazo rodeando la cintura, la mano retirando el pelo, el beso en la nuca y la cuchara de madera aterrizando en la salsa de tomate.

1 comentario:

Alvaredo dijo...

No es en lo diáfano donde lo bello goza. La sombra es el límite, la línea que nos depara la sensación. Como la duda, como la niebla. Pero, yo que soy un odiseo esporádico como aquél rey de Itaca pero diminuto, he varado mi barca en una piedra suave, húmeda, clara y, para mi sorpresa, bella y diáfana. Sigue así. Ah, y Lawrence se equivocaba en Justine: el amor, alogrande, es posible en todo.