9 oct. 2009

La Mujer Tornado

La Mujer Tornado iba envuelta en un blanquecino manto de viento arremolinado por donde quiera que fuera. La espiral nacía de sus pies y ascendía, cubriéndola, hasta el infinito.

La Mujer Tornado siempre iba despeinada, o muy bien peinada hacia arriba, porque su pelo se torneaba con su remolino haciéndolo ascender con una forma cónica y puntiaguda, como un Buddha tailandés. Ciertamente le daba un toque místico.

La Mujer Tornado, allá donde pisaba dejaba su reluciente huella porque con la fuerza de su centro repelía toda la basura que encontraba a su paso. Era incluso perseguida por amas de casa, niñitas pijas y maniacos compulsivos de lo brillantes que quedaban aceras y pasos de cebra.
Lo único que si pisaba en incluso absorbía con su ciclón eran las hojas de los árboles, porque mientras estas ascendían por su espiral ella se sentía mas silvestre.

Os preguntareis, ¿la Mujer Tornado siempre era la Mujer Tornado? Claro que no. La Mujer Tornado tenía su refugio, como todos. No era el salón de su casa, ni la cocina, ni el dormitorio, en los que no había un cuadro que no estuviera fuertemente pegado a la pared. No había cortinas, manteles ni pañitos varios que estarían siempre por el suelo.

Era el desván, arriba del todo, donde nada se oía, donde la madera olía a sapiencia y las telarañas hacían de espejo al sol. Nada mas posar su talón en las tablas del suelo, su tornado se deshacía como un suspiro de alivio, su pelo caía sobre su espalda en una trenza tubular y sus ojos se abrían un poco más, sonrientes y relajados.

Allí, la Mujer, leía, miraba al techo, cantaba canciones y escribía poemas sobre cielos con nubes, lagos calmos y hojas que la hacían sentir bien.

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