31 may. 2010

Abraices

Estaba solo, en medio de la nada, junto a una carretera de tierra. Yo deseaba ver alguno en ese viaje a Cabo Verde y allí estaba.
No tengo ni idea del por qué de ese deseo. Ni siquiera estaba segura de cómo era en realidad, no recuerdo haber hecho siquiera el esfuerzo de ver una foto. Pero cuando apareció frente a la ventanilla del coche grité “¿Eso es un baobab, eso es un baobab?”
Paramos, me bajé y anduve despacio pero ansiosa hacia él. Me pareció un árbol de cuento, casi parecía una planta gigante, un dibujo de un mundo de fantasía. Posé mi mano con cuidado y fue maravilloso sentir que su tacto era de terciopelo, como si fuera un arbolito de trapo hecho por una abuela con cariño para su nieta. Miré hacia arriba, me derramé sobre él y lo abracé con dulzura. Yo aún no creía en los abrazos pero ese baobab me ofrecía uno con su forma amable, con su regordeta estructura. Me sentí pequeña y feliz.
No pude estar mucho tiempo porque una nube de mosquitos se sentían dueños y señores de esa hermosa fuente de amor. Me atacaban como diciendo “Llevamos mas tiempo que tu aquí, amando a nuestro baobab. No lo aprietes tanto. ¡Lárgate!”
Y así lo hice, me fui sin apartar la mirada de ese regalo de la naturaleza hasta que se perdió en el espacio.
Por suerte disfruto de su recuerdo siempre que necesito un abrazo de amor puro e incondicional.

1 comentario:

aina libe dijo...

Hermoso texto. Ole tú.

Lo que yo te diga, un libro.

Un beso.

Felipe.