10 may. 2010

La Soledad II

Difícil expresar este amor que brota, a cada pisada, a cada grano de vida.
Difícil encontrar las palabras que expliquen que siento cuando estoy a mi lado, cuando solo soy yo la presente, la ausente, la turbia o la transparente.
Encontrar el amor propio cuando perdida buscaba en otros el consuelo bajo el desconcierto de la necesidad.
Dicen que estamos solos en esta vida y yo añado que por suerte.
La soledad no es un refugio, no es un escondite, no es un infierno, no es un cielo.
La soledad es la vida en si misma, es la esencia, el encuentro con la diosa, la escalera que subes alegre deteniéndote en cada peldaño, con anhelo, para disfrutar cada avance en el juego del propio encuentro.
¿Cómo bailar como un niño felizmente ignorante, o cómo reír como un anciano felizmente sabio si no es en el hermoso mar de la soledad?
La soledad no hastía, no pide, no da, no hace cuentas, ni cuenta historias que no te interesan. La soledad Es, sin mas. Y ahí estas tu para entender que es tan sencillo como respirar, como dejarte derramar en el tiempo y en el espacio.
La soledad tiene nombre de mujer, como yo, y con razón. La mujer está mas dotada por nacimiento para comprender, para ver, para sentir, para discernir que la soledad es la amiga inseparable, la compañera que espera sin esperar.
En ella está el lugar donde moldearme con cuidado, donde el valor no es más que mirar a los ojos a una niña con un vestido de volantes. Donde el llanto y la risa son gemelas. Donde los códigos sociales, familiares, o humanos en general, son maternalmente acariciados como a un perro bien entrenado.
La soledad no me quiere ni me odia, es tan solo el lugar donde todo calla, todo grita, todo vive o muere, donde remendar heridas mientras alegre cantas una canción de verano.

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